Las mujeres tienen una relación compleja con las drogas ilegales que, en sus inicios, generalmente, por la vulnerabilidad socioeconómica, desigualdad de género y marginación social, aunque también incluye la decisión propia, las ha llevado a caer en ese mundo.
Si bien, el tema de la mujer relacionada con el narco es algo que recientemente ha saltado al ojo público incluso llegando a series televisivas, la realidad es que se tiene conocimiento que desde la década de los 80, en México, han estado desempeñando algún papel dentro de los cárteles de la droga, vendiendo en pequeñas cantidades o dedicándose a la transportación dentro y fuera de las fronteras.
En la mayoría de los casos, las mujeres que cometen delitos relacionados con el tráfico de drogas son una población que proviene de entornos sociales desfavorecidos en una economía no regulada, controlada por mucho, por el hombre.
A raíz de lo anterior, el número de mujeres privadas de la libertad por delitos de drogas ha aumentado considerablemente con un ritmo muy avanzado en nuestro país. La mayoría consiste en madres solteras adolescentes que comienzan vendiendo o transportando estupefacientes para llevar comida a la mesa, dejando principalmente a sus hijos enfrentados al estigma social.
Es así como la guerra contra las drogas es, cada vez más, una guerra contra las mujeres, lo que tendría que provocar un cambio en el sistema que incluya consideraciones legales para mujeres traficantes de bajo nivel, mediante apoyo social y no privativas de libertad, poniendo en perspectiva y valorando cada caso, ya que lamentablemente las penas contra mujeres inmiscuidas en drogas se generalizan, incluso, llegan a ser sentencias más grandes que las de los hombres. Es, sin duda, algo para analizar.

